EN ESA TRISTE ORILLA.
El Guadalquivir sabe de amores. Allí quiso Zorrilla colocar la escena que por siempre resuena en la historia. Allí don Juan, que era un sinvergüenza que abusaba de las mujeres, que asesinaba sin rebozo, que utilizaba a las personas como piezas del puzzle de su egocentrismo rabioso; allí, digo, conoció el amor que lo redimió. Doña Inés era un ángel de amor, alguien que desde la radical inocencia de su corazón casi aún de niña fue capaz de abrir el corazón cerrado y embrutecido por las pasiones del Conquistador, que aún no había amado en verdad . El Guadalquivir vio el arrepentimiento de don Juan, vio la vida entregada de doña Inés y la redención del culpable de su muerte. Orillas del Guadalquivir , llenas de amor y vida. Pero estos días baja el Guadalquivir turbio. Turbio de sangre, de horror, de absurdo y de preguntas que nadie responde. ¿Qué está pasando para que muchachos jóvenes desprecien la vida de esta forma, maten a una adolescente que empieza a asomarse a los azares y dolores de la existencia? ¿Qué hay en la cabeza de esas personas para poder seguir pensando aquello de “la maté porque era mía”? ¿Cuándo se podrá superar el modelo de macho dominador, de violento que muestra su hombría oprimiendo y sojuzgando, machacando y matando si es preciso? ¿Es que la historia no va a caminar nunca hacia delante? ¿Retrocedemos sin remedio? ¿ No habrá esperanza jamás? Triste está la orilla del Guadalquivir, muerto el amor, rebrotando las fuerzas oscuras que luchan por esclavizar a los demás. Tristes orillas, por la sangre derramada, por la mentira, por la amistad tan ensuciada y tan mal entendida, por la frivolidad con que se deja vivir una juventud que llega antes de tiempo, sin cumplir los plazos lógicos, siguiendo los modelos atrayentes pero falsos que nos aportan la sociedad, los medios, la moda, lo que se lleva. Ojalá no tarde la triste orilla en devolver a Marta para que puedan llorarla y despedirla con dignidad los suyos.
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