Claro que sí. Aunque vivimos en democracia, los obispos no gozan del estatuto de ciudadanos, que incluye el derecho a la libertad de expresión. Aquí pueden hablar contertulios de reconocido prestigio en norias, tomates y programas varios del corazón y otras vísceras; y sus señorías los diputados en su no mal remunerados escaños. El resto, chitón. Los obispos deben callar porque ahora la norma la dictan el señor Zerolo con sus bautizos civiles, que son lo más de lo más; y el católico a bombo y platillo, señor José Blanco, tan arisco con los obispos y sus decisiones como firme hacia la disidencia interior en el partido. No deja de ser curioso que el que siempre protesta contra lo que dicen los purpurados, no consiente resquicios interiores en sus prietas filas. Al que se mueve, antes no lo sacaban en la foto, ahora lo nombran embajador ante el Vaticano (es un ejemplo) y se acabó la disidencia por razones morales. Que se callen los obispos, sí, porque sólo a ellos se les ocurre recordarles a los políticos que se autotitulan cristianos que la moral es para cumplirla en todas partes. Que se callen los obispos, porque así nos ahorrarán a católicos y no católicos el espectáculo de ver a nuestra clase política contestándoles.
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