EUGENIO CAMPANARIO LARGUERO
VILLAGARCÍA DE LA TORRE
En uno de sus tangos, al pobre Carlos Gardel se le muere su amada, mientras el resto del mundo vive agitada y alegremente el carnaval. Esto parece hoy nuestra España: pertrechados de serpentinas, matasuegras y útiles para la mofa y la befa, disfrazados de Estulticia y Sostenella-y-no-enmendalla, nuestros políticos se entregan al regocijo del túnel del miedo, que no sabemos las sorpresas amargas que nos deparará. Pero todos confían en que le lluevan escobazos al contrario, sin entender que aquí salimos juntos todos, o todos perecemos juntos. Nada, esta pandilla enmascarada ha asumido con entusiasmo el papel de los músicos del Titanic: nos hundimos, pero al menos que sea con música. Y no cesan de lanzarse dardos terribles, negando al enemigo el agua, mirando de reojo al Patrón que ha querido sacar a tiempo los salvavidas. Y mira que hasta la televisión nos ha traído el recuerdo de Adolfo Suárez, que pilotó tiempos difíciles. Es inútil: los actuales dirigentes saben más de túneles dinamiteros que de puentes que nos lleven a un lugar seguro. Ellos están a lo suyo, con sus alegres chirigotas en las que no sale bien parado el de la otra orilla, mientras crecen los parados, se congela la economía y empieza uno a pensar que el grito de sálvese el que pueda lo inventó algún español al analizar el comportamiento de sus políticos. ¿Pararán en la carrera hacia el fracaso total? ¿Los parará un paro o huelga general? A ellos les quedan letrillas y cancioncillas carnavalescas para rato, pero empieza a olerse la gangrena en algunos lugares de la maltrecha España.
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